BENEDICTO XVI y el SALMO 92

El justo florecerá como la palmera, crecerá como los cedros del Líbano: trasplantado en la Casa del Señor, florecerá en los atrios de nuestro Dios. En la vejez seguirá dando frutos, se mantendrá fresco y frondoso, para proclamar qué justo es el Señor, mi Roca, en quien no existe la maldad.
(Sal 92, 13-16)

Benedicto XVI-5 Cristo resucitado4

Este salmo es recitado en el Oficio de Lectura del 2º sábado de Cuaresma. En estos versículos citados no podemos dejar de aplicar lo que allí se dice al venerado Pontífice emérito Benedicto XVI.
Nadie puede desconocer que Joseph Ratzinger ha vivido, como sacerdote, una vida ejemplar al servicio de Cristo y de su Iglesia. No podemos olvidar que el lema de su escudo episcopal fue el de “Cooperadores de la Verdad”, porque es la esencia del oficio sacerdotal que él vivió a lo largo de toda su vida: servidor de la Verdad, siervo de Nuestro Señor Jesucristo y del Dios trinitario.
Su vida sacerdotal fue una de las expresiones más plenas y acabadas de lo que significa ser sacerdote: hacerse humanamente nada para que Cristo pueda ser todo a través de la persona que se consagra a Él. Tal como él mismo lo expresó en su oportunidad: “El ministerio de la Palabra exige del sacerdote la participación en la kénosis de Cristo, el manifestarse y el humillarse en Cristo. El hecho que el sacerdote no habla más de sí mismo, sino que lleva el mensaje de otro, de ninguna manera significa indiferencia personal, sino más que nada lo contrario: el perderse en Cristo que retoma el camino de su misterio pascual, y así lleva a encontrarse verdaderamente a sí mismo y a la comunión con Aquél que es el Verbo de Dios en persona. Esta estructura pascual del no-yo y, sin embargo, de mi verdadero yo muestra en definitiva la finalidad del ministerio de la Palabra más allá de todo lo que es funcional, penetra dentro del ser y supone el sacerdocio como sacramento” .

Su renuncia al ejercicio activo del papado el 11 de febrero del año pasado significó justamente la plenificación de su vocación sacerdotal, aunque suene paradójico o contradictorio. El querido papa Benedicto XVI no renunció al sacerdocio, sino que hizo en definitiva y en última instancia lo que el Señor le debe haber pedido en esas horas dramáticas para él, para la Iglesia y para el mundo. Los hechos posteriores –fundamentalmente, la elevación al papado de Francisco- muestran que el papa Ratzinger supo humillarse para dar paso a quien el Señor necesitaba en este momento de la historia de la Iglesia: el papa Ratzinger no hizo lo que quiso, sino lo que Cristo le pidió, al precio de su humillación “mundana”, como lo puede ser su renuncia por cansancio físico o espiritual. Si hoy el mundo goza con el papado de Francisco y los enemigos de Dios y del hombre sufren con su labor pastoral petrina, es gracias al renunciamiento y humillación de Benedicto XVI.
Nuestro Santo Padre emérito no renunció al papado, sino a su ejercicio activo, ya que sigue trabajando y cooperando con su Señor (nuestro Señor) con su vida actual consagrada a la oración y a la meditación. Como Moisés en la batalla del pueblo de Israel contra los amalecitas, Benedicto XVI sostiene el combate espiritual de la Iglesia toda y la labor petrina de Francisco con su vida hecha oración. Sin temor a equivocarnos, podemos decir totalmente convencidos que si Jorge Mario Bergoglio es hoy Francisco, puede serlo gracias al testimonio sacerdotal y sacrificial de Joseph Ratzinger/Benedicto XVI.
Su renuncia al ejercicio activo del papado no significó un acto de debilidad ni cobardía, sino todo lo contrario. Sólo un hombre valiente y dotado de coraje viril podía aceptar la voluntad del Señor y hacerse cargo de la herencia de Juan Pablo II, y sólo un hombre valiente y de coraje como él podía dar un paso al costado para que otro –con más fuerzas físicas- tomara el timón de la nave de la Iglesia y librara los combates que hoy está librando: gracias a Benedicto XVI, hoy tenemos a Francisco; sin la humillación de Benedicto XVI, hoy no habría Francisco. Y más importante aún: sin la vida de oración y meditación de Benedicto XVI, hoy Francisco no podría hacer lo que está haciendo. Detrás del esfuerzo descomunal de Francisco por mostrar al mundo la belleza del mensaje de Jesús y de su amor, está la oración silenciosa e invisible de Benedicto XVI. Francisco hoy habla al mundo con su verba florida, piadosa y evangélica que acerca a cada uno de los oyentes a Jesucristo. Y Benedicto también habla hoy al mundo con su silencio orante.
Esta etapa final de la vida terrenal de Benedicto es el broche más hermoso que alcanza la vida de quien como sacerdote es un verdadero “alter Christus”, un eximio profesor y docente, un pastor cariñoso como pocos y un cabal maestro y doctor de la Fe cristiana.
Hoy los cristianos damos gracias a Dios no sólo porque nos ha dado un “obispo de Roma”, digno hijo de san Ignacio de Loyola y amante de Cristo y de su Iglesia como él, sino también porque nos ha regalado un Santo Padre que nos ha mostrado que como sucesor de Pedro ha sido y sigue siendo cabeza de la Iglesia y piedra fundamental de ella. Como bien muestra el evangelio según san Mateo, Cristo ha hecho de Pedro la piedra sobre la cual ha edificado su Iglesia a lo largo de los siglos y la cabeza visible de su Cuerpo. Desde hace un año, Benedicto XVI ha dignificado plenamente su ministerium petrinum como base fundamental del edificio de la Iglesia como Cuerpo de Cristo, piedra que no se ve pero que sostiene el edificio entero.
Como sostiene el Salmo que citamos, en su silencio orante e invisible Benedicto XVI es el hombre justo que florece como palmera, trasplantado en la Casa de Dios (donde san Pedro dio testimonio de su ministerio) y dando frutos, manteniéndose fresco, sereno, fructífero y alegre en su vejez, para mostrarnos inequívocamente que Cristo el Señor es la Roca que nos sostiene y fortalece per saecula saeculorum.
Gracias Benedicto XVI, por tu ejemplo sacerdotal sin igual, y gracias Francisco, por pastorear la grey del Señor aprovechando la sabiduría humilde y la humildad sabia de Benedicto XVI, un hombre que supo ser humilde en su grandeza y que ahora sabe ser grande en su humildad.

Francisco-Benedicto Francisco-Benedicto5

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